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lunes, 9 de marzo de 2015

La Isla Diego García


—Las gaviotas serán la única población indígena —había anunciado el gobierno británico.
Y en 1966, cumplió su palabra.
Todos los habitantes de la isla Diego García, excepto las gaviotas, fueron enviados al destierro, a bayonetazos y balazos.
Y el gobierno británico alquiló la isla vaciada a los Estados Unidos, por medio siglo.
Y este paraíso de blancas arenas, en medio del océano Índico, se convirtió en base militar, estación de satélites espías, cárcel flotante y cámara de torturas para los sospechosos de terrorismo, y plataforma de lanzamiento para la aniquilación de los países que merecen castigo.
También tiene campo de golf.

Eduardo Galeano. Los hijos de los días, Siglo XXI.




jueves, 24 de enero de 2013

Los gamines


El gran Eduardo Galeano. Pluma brillante y contemporánea de mi América latina.



1969
Bogotá

Tienen la calle por casa. Son gatos en el salto y en el manotazo, gorriones en el vuelo, gallitos en la pelea. Vagan en bandadas, en galladas; duermen en racimos, pegados por la helada al amanecer. Comen lo que roban o las sobras que mendigan o la basura que encuentran; apagan el hambre y el miedo aspirando gasolina o pegamento. Tienen dientes grises y caras quemadas por el frío.
  Arturo Dueñas, de la gallada de la calle Veintidós, se va de su banda. Está harto de dar el culo y recibir palizas por ser el más pequeño, el chinche, el chichigua; y decide que más vale largarse solo.
  Una noche  de éstas, noche como cualquier otra, Arturo se desliza bajo una mesa de restorán, manotea una pata de pollo y alzándola como estandarte huye por las callejuelas. Cuando encuentra algún oscuro recoveco, se sienta a cenar. Un perrito lo mira y se relame. Varias veces Arturo lo echa y el perrito vuelve. Se miran: son igualitos los dos, hijos de nadie, apaleados, puro hueso y mugre. Arturo se resigna y convida.
  Desde entonces andan juntos, patialegres, compartiendo el peligro y el botín y las pulgas. Arturo, que nunca habló con nadie, cuenta sus cosas. El perrito duerme acurrucado a sus pies.
  Y una maldita tarde los policías atrapan a Arturo robando buñuelos, lo arrastran a la Estación Quinta y allí le pegan tremenda pateadura. Al tiempo Arturo vuelve a la calle, todo maltrecho. El perrito no aparece. Arturo corre y recorre, busca y rebusca, y no aparece. Mucho lo llama y nada. Nadie en el mundo está tan solo como este niño de siete años que está solo en las calles de la ciudad de Bogotá, ronco de tanto gritar.

Eduardo Galeano - Memoria de fuego III. El siglo del viento.


Extraído  de memoriadelfuego.org




miércoles, 16 de enero de 2013

No nos gusta su sonido



Mientras nacía el año 1962, una desconocida banda musical, dos guitarras, un bajo, una batería, grabó en Londres su primer disco.
Los muchachos regresaron a Liverpool y se sentaron a esperar. Contaban las horas, contaban los días. Cuando ya no les quedaban uñas para comer, un día como hoy recibieron la respuesta. La Decca Recording Company les decía francamente: "No nos gusta su sonido". Y sentenciaba: "Las bandas de guitarristas están desapareciendo".
Los Beatles no se suicidaron.

Eduardo Galeano - No (Febrero 11)

Extraído de radiosaudade.org

viernes, 28 de septiembre de 2012

La tumba

Iba Gabriela abrazada a las flores que llevaba para su hermano Javier, en el cementerio de la Chacarita, cuando por casualidad descubrió la tumba de Osvaldo Soriano.
-Flores no quiere - advirtió el cuidador-. El es socialista.
-A los socialistas nos gustan la flores -dijo Gabriela.
Y el cuidador meneó la cabeza:
-Aquí viene cada raro, si usted viera. Si yo le contara...
Y le contó. Mientras barría el tierral con un escobillón, dijo el cuidador que ahí acudían unos raros que se ponían a dar vueltas en torno a la tumba de Soriano y charlaban, no se callaban nunca, no hay un respeto, y se reían:
-¿Quiere creer? Se ríen, oiga, se ríen.
Se doblaban de risa los raros, dijo el cuidador, pero eso no era lo peor, si usted supiera, si yo le contara. Y le contó. Confidencial, en voz baja:
-Le dejan cartas. Le entierran papelitos, quiere creer.
Cuando el cuidador dio por concluida su denuncia y paso a ocuparse, escobillón en mano, de otros difuntos, Gabriela se quedó sola. Y a solas, al pie de la tumba, esta leyente agradeció el humor desvestidor y entrañable de los libros del gordo Soriano.
El cuidador estaba lejos y no escuchó la voz del gordo, que desde las profundidades susurró:
-Perdoná que no me levante.

Eduardo Galeano. Cuento extraído de la revista Página / 12. Edición aniversario 10 años.